Los aguafiestas, por @elcarrildel2

Aseguró Zinedine Zidane, a lo largo de los últimos días, que los dos empates cosechados en casa, ante Valencia y Levante, no iban a alterar su hoja de ruta ni su pensamiento, que tan buenos resultados le ha dado desde que se hizo cargo del Real Madrid.

Y para demostrarlo por enésima vez, el estadio de Anoeta, en San Sebastián, con una Real Sociedad que venía de ganar sus tres compromisos ligueros más su partido europeo, y de levantar elogios de tirios y troyanos, de los de aquí y de los de allá.

La ocasión era inmejorable. Un nuevo revolcón, en forma de empate y no digamos ya de derrota, del Real Madrid, hubiera significado una distancia de siete puntos con respecto al líder y máximo rival, suficientes para exacerbar el paroxismo de la cofradía toda, que se las prometía muy felices con el listado de bajas del Madrid, tantas que Franchu, un castillista, tuvo que completar el cupo de dieciocho fichas.

Cuando a media tarde, se conoció la alineación blanca, y en ella aparecía como nueve Borja Mayoral, un escalofrío recorrió muchas columnas vertebrales. Zidane lo volvía a hacer. Valentía y personalidad, palabra cumplida, todos cuentan, todos suman. Todos tienen su oportunidad.

Los nerviosos, esos a los que se les escapa una pitada contra los nuestros en el minuto diez de cualquier partido del Bernabéu, se unieron a la marejada. Los más antiguos rescataron a Lewandoski, un clásico ya casi en la treintena; los más innovadores subieron a la tarima a Timo Werner, futbolista de veintiún años, pero al parecer de algunos sobradamente preparado para desplazar, sin siquiera despeinarse, a toda la delantera del Madrid (exceptuando, quizás, a Cristiano).

Los sudores fríos de algunos comenzaron en el minuto diecinueve, cuando Mayoral hizo el primer gol de la noche. Un gol de ariete, de nueve puro. Y cuando completó la faena en el treinta y seis, tras ganar en el salto un balón dividido, y marcharse como un avión a por la portería contraria, en lo que sería el 1-2, los cofrades, abrumados, rescataron la flor de Zidane, y los nerviosos, queriendo borrar todo lo anterior, celebraban que Borja es canterano. Zizou, por enésima vez, volvía a tener razón.

Habíamos visto un Madrid excelso los primeros cuarenta y cinco minutos. Casemiro, Modric, Isco y Asensio habían dado un recital, con Mayoral poniendo el colofón en forma de goles, y siendo acompañados por el resto, con el borrón de Keylor en el gol donostiarra.

El segundo tiempo mantenía abiertas las esperanzas de algunos. Las cercenó de raíz Gareth Bale. Mira que podía haber sido otro, pues no, tuvo que ser él. Pase monumental de Isco al hueco, para que el galés corriera setenta y tres metros, a una velocidad máxima de treinta y cinco kilómetros/hora, superase al defensor txuri urdin, y salvase con un delicado toque la salida desesperada de Rulli. Era el 1-3, un resultado que ya se antojaba inalcanzable de voltear para la Real Sociedad.

Fin del encuentro. Victoria de los nuestros. Zidane a lo suyo, confirmando que cualquiera de la plantilla es capaz de aguar la fiesta al más pintado. Diluvió en el descanso en Anoeta. Al final, ya llovía menos, sobre todo para el Madrid.

Buenos días a todos. HALA MADRID.



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