De Taconazos y Champions, por @elcarrildel2

Se cumplen veinte años del taconazo de Fernando Redondo en Old Trafford, camino de la Octava Copa de Europa. Raúl ya nos había levantado del asiento con el segundo gol, tras internarse por el carril del ocho y driblar a un contrario al borde del área. Después, llegaría el tercero. Fue el detalle para la posteridad de un futbolista elegante, majestuoso, imperial, inolvidable. Primero el recurso del tacón, después, levantar la cabeza como el general en jefe que siempre fue, para habilitar a Raúl, que llegaba solo desde la segunda línea.

Sin duda, un futbolista de su clase y jerarquía merecía una jugada así. Acompañó igualmente el escenario, Olf Trafford, un estadio mítico, a la altura del Santiago Bernabéu y de los más grandes escenarios futbolísticos.

Y es que al final, el fútbol, como la vida, son instantes. Mijatovic corriendo tras marcar el gol de la séptima, el taconazo de Redondo en la octava, la volea de Zidane en la novena, el cabezazo de Ramos en la décima, la tanda de penaltis en la undécima, con el poste aliado cuando ya los nervios nos podían, y nos habíamos unido a los rezos de Keylor, la carrera de Modric hasta la línea de fondo en la duodécima para el gol que nos acercaba al triunfo de manera definitiva, la chilena de Bale en la decimotercera…

A todos aquellos que han aprovechado estos días de pandemia para arremeter contra el fútbol y los salarios de los futbolistas, yo les preguntaría cuánto vale un segundo de felicidad, de alegría incontenible, de entusiasmo colectivo, de abrazos sinceros, de exaltación de ideales compartidos, del logro de metas comunes y universales de gentes de todas las partes y de todas las edades. Si no han sido capaces de emocionarse viendo y viviendo alguno de esos momentos (u otros similares de otros equipos) lo siento por ellos. Esos instantes fugaces son la plenitud absoluta de la existencia.

En eso consiste la grandeza del fútbol, y del deporte en general. Varios miles de millones de personas a lo largo y ancho del Planeta Tierra no pueden estar equivocados. Nos guste o no, el devenir humano se basa en los rituales. Ver un partido de fútbol lo es. Ver una final es su culminación, el instante cumbre. Ganar es tocar el cielo con los dedos, olvidarnos por un momento de que somos humanos y creernos dioses todopoderosos.

Por eso tantos hombres y mujeres hemos querido ser futbolistas, y hemos soñado tantas veces con vestirnos con el traje de nuestro equipo, y saltar al estadio dispuestos a marcar el gol de la victoria que cierre treinta y dos años de sucesivos intentos, o con dar un taconazo que pase a los anales, o marcar un gol de volea desde el borde del área, incluso que un testarazo en el descuento nos devuelva a la vida cuando ya nos creíamos muertos. Que un balón al poste acabe con más de dos horas de incertidumbre, o que una tarde en Estambul cerrásemos con una chilena imposible una serie de tres Copas de Europa seguidas.

Me van a permitir que termine con unos versos de don Antonio Machado: “….en todas partes he visto gentes que danzan o juegan…donde hay vino beben vino, donde no hay vino agua fresca. Son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan…”. Buenos días a todos. HALA MADRID.

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